DUALIDAD Y APEGO

El final del crecimiento transpersonal es trascender el llamado “samsara”, “maya” o como se le suele llamar hoy en día “la matrix”, llegando a la iluminación. Imagino que los que estais leyendo esta página ya sabeis qué es el samsara.

Escuchaba el otro día a Maria Dolors Obiols, una doctora en filosofía, explicando cómo conseguirlo. Ella decía que este es un mundo creado a partir de la dualidad. Lo llamaba la “dicotomía dual”, para expresar que es una dualidad excluyente, es decir, en la que en medio le ponemos la partícula “o”. O esto o aquello, pero no ambos a la vez.

A la “o”, se le llama también apego. Estamos apegados a uno de los dos aspectos de la dualidad. A ese apego lo llamamos “lo bueno” y a lo otro “lo malo”. Mientras existan buenos y malos nunca saldremos del samsara.

Esta no es una idea nueva, en realidad es milenaria, muchas religiones y corrientes espirituales, y hoy en día también psicológicas, se habla de la necesidad de superar la dualidad, incluso para una buena salud mental.

¿Cómo salimos de la dualidad? Comprendiendo lo que las religiones y filosofías llaman “la trinidad”. Es decir, que bajo toda dualidad se esconde una “síntesis”, algo que los une y los integra. No hay una auténtica separación entre ellos. Es decir, la verdad del universo es “paradójico”. La partícula que está en medio es el “y”. Todo es bueno y malo, a la vez. Todo “es”, a la vez.

Nuestra mente se lleva mal con el “y”, le cuesta comprender la paradoja del universo. El alma es el que aprecia la realidad tal y como es. Por eso, no es con la mente que vamos a trascender este mundo, sino “más allá de la mente”. Aunque, como ya he dicho que este universo es paradójico, necesitamos la colaboración y comprensión de la mente para trascenderlo.

Por eso, la meditación es una herramienta tan útil en este camino de iluminación. Lo que busca la meditación es encontrarse con “el testigo”, esa parte de nosotros que sólo “está” pero no juzga, no divide y por lo tanto, no hay dualidad en ella.

Poniendo una metáfora, imaginemos que vamos a un cine a ver una película. La película que estamos viendo sería el Samsara, pero en este caso, es una película en siete dimensiones. Es decir, una película que podemos ver, oir, oler, degustar, tocar, sentir i pensar-imaginar. Por eso nos parece tan real. El testigo, es el que está sentado cómodamente en el asiento del cine viendo la película. Sólo cuando podemos ir a este téstigo podemos separarnos de la película, y por lo tanto, de los apegos que hemos creado hacia los personajes, situaciones y decorados que hay dentro de ella.

Este testigo, es la consciencia. Y a medida que vamos desapegándonos de las elecciones que hemos hecho para dividir las cosas, tanto que al final sólo nos queda el pequeño mundo material en el que vivimos, y la sensación de ser un único ser humano, al que llamamos “yo” y que es otra dualidad, vamos dándonos cuenta de que esta consciencia es lo único que realmente “es” y que lo abarca todo. Yo soy todo.

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